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sábado, 2 de enero de 2016

HISTORIA DE LOS NOMBRES DE LOS ALFAJORES

Las historias detrás de los nombres de los alfajores

Desde homenajes a los ex dueños hasta la búsqueda de un toque más internacional, todo vale a la hora de bautizar a las golosinas preferidas de los argentinos
LA NACION


Foto:Marcelo Gómez
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Hace unas semanas se conoció la noticia de que José Antonio Fernández, el presidente de Alfajores Jorgito, había fallecido, a los 85 años. Fernández, junto con su socio Amador Saavedra, había fundado la empresa hacía más de medio siglo, pero no fue el que le puso el "nombre del alfajor".


El Jorgito que dio origen a la marca de alfajores en realidad era el hijo del dueño de una pequeña fábrica que producía bizcochuelos y alfajores para panaderías. A fines de los 50, la planta fue adquirida por Fernández y Saavedra, que antes que elegir un nombre nuevo decidieron conservar la marca y relanzar el alfajor apuntando a insertar el producto en los quioscos de las escuelas.
En épocas en que el marketing era una palabra desconocida para los empresarios argentinos, la elección de una marca era un proceso completamente intuitivo, en el que las decisiones las tomaba un dueño al que ni se le cruzaba por la cabeza la idea de contratar a un tercero para que lo ayudara a definir cuál era el nombre más conveniente según el targetal que apuntaba. Este carácter artesanal, sin embargo, no fue un obstáculo para que marcas de alfajores, galletitas o golosinas que nacieron para conquistar a los niños argentinos de hace 50 o 60 años hoy continúen vigentes y resistan sin problemas la invasión de productos multinacionales.


La pelea no es por un mercado menor. En la Argentina se consumen 900 millones de alfajores anuales -lo que significa que cada argentino en promedio se come 20 alfajores al año-, con una facturación superior a $ 8000 millones anuales.
La historia de Jorgito tiene más de un punto de contacto con la de Fantoche, otra marca histórica del mundo alfajorero. "Los alfajores Fantoche empezaron a ser elaborados por una panadería en el barrio de Lugano fundada por unos inmigrantes que trajeron la receta y el nombre desde Italia. A principios de la década del 60, la confitería y todas sus marcas fueron adquiridas por los actuales dueños de Fantoche, y lo que hicieron fue sumarle el concepto de alfajor triple Fantoche, y hoy la palabra triple es una marca registrada de la compañía", aseguró Claudio Messina, gerente de marketing de Fantoche.


Mucho menos se sabe sobre los orígenes de los alfajores Capitán del Espacio. La marca nació en Quilmes en la década del 60, y a su dueño (Ángel Lineo de Pascalis, fallecido en 2012) nunca le interesó hacer publicidad ni mucho menos contar la historia del nombre. La falta de información alimentó un montón de versiones. Una era que la marca era un homenaje a la canción "El anillo del capitán Beto", del grupo Invisible. Otra era que el nombre estaba inspirado en el astronauta Neil Armstrong, teoría que se veía reforzada por el hecho de que el logo del alfajor era un niño astronauta. Sin embargo, tanto la canción de Luis Alberto Spinetta -que data de 1976- como la llegada del hombre a la Luna (1969) son posteriores al nacimiento de los alfajores quilmeños.

Para todos los gustos

Seguramente haya pocas marcas argentinas tan internacionalizadas como Havanna. Sin embargo, el nombre tiene un origen muy poco autóctono. La marca nació en 1947 en la ciudad de Mar del Plata, y dos de sus socios originales -Luis Sbaraglini y Benjamín Sisterna- también eran dueños de una confitería bailable de la ciudad balnearia que funcionaba con el nombre de Confitería Show Havanna, una adaptación (con una "n" más) de la traducción al inglés de la capital cubana.
Otra marca que compite en el segmento más alto es Successo, que a pesar de llevar ese nombre no fue fundada por inmigrantes italianos, sino por gente de "la cole" que puso un pie en la industria elaborando alimentos kosher. "En los 90 yo estaba trabajando en una importadora de alimentos en Brasil y ahí incorporé la muletilla de que todo lo bueno era un «suceso». Por eso cuando unos años después empezamos con el proyecto de los alfajores y teníamos que definir el nombre se nos ocurrió aggiornar la palabra «successo» aprovechando que funciona muy bien en otros idiomas, como el italiano, el portugués o el mismo inglés, si se saca la o, y a la vez se asocia con la gastronomía italiana, que siempre tuvo muy buena imagen en el país", explicó Claudio Yabra, uno de los socios de Successo.
Los alfajores premium también saben de historias misteriosas. En Internet circulan un montón de leyendas acerca del origen de la marca Cachafaz, los alfajores que en los últimos años se convirtieron en el principal rival de Havanna. Una de las más difundidas es la que asegura que el nombre es un homenaje al bailarín de tango Benito Bianquet, alias El Cachafaz. Bianquet se hizo famoso por ser uno de los principales bailarines en la era de oro del tango y como compañero de correrías de Carlos Gardel. Además, murió en 1942 en la ciudad de Mar del Plata, la patria chica de los Havanna. El nombre de los alfajores porteños, no obstante, está muy lejos de ser un homenaje al bailarín del tango, y en el barrio de Liniers, donde nació la marca, aseguran que Cachafaz era el apodo con el que todos conocían a uno de los hermanos Alcaraz, los dueños y fundadores de la firma.
Al igual que en los casos de Jorgito o Cachafaz, otros productos clásicos de los quioscos tienen una historia familiar detrás de sus nombres. La oblea Tita fue creada por Edelmiro Carlos Rhodesia en 1949 y bautizada en honor de Lidia Martínez de Terrabusi, una viuda que unos años antes se había convertido en su esposa. Diez años después -con Rhodesia ya fallecido-, Lidia Martínez decidió vender la empresa a un primo de su ex marido, José Félix Terrabusi, que en la década del 70 lanzó la oblea Rhodesia en homenaje al creador de Tita. Edelmiro Rhodesia y Lidia Martínez, además, tuvieron una única hija, Melba, que también fue el nombre elegido para crear su línea de galletitas de chocolate.
El nombre del fundador también está detrás de otras golosinas. DRF nació hace 101 años de la mano del emprendedor Darío Rodríguez de la Fuente, que eligió las siglas de su nombre y apellido para bautizar a las pastillas de menta. De la misma época datan las galletitas Ópera, que nacieron junto con el Teatro Colón -inaugurado en 1908- y de ahí tomaron su nombre tan musical.
Mucho menos glamourosa es la historia detrás de la gaseosa La Bichy Ahora, la segunda marca de la embotelladora Manaos. "Teníamos la distribución de la gaseosa Beach (playa en inglés), pero en todos los almacenes y los supermercados chinos donde hacíamos la entrega nos la pedían con el nombre de la Bichy, con lo que se convirtió en una marca que prácticamente se terminó imponiendo por sí sola", explicaron en la embotelladora en el oeste del Gran Buenos Aires, dejando en claro que al menos en este caso no hay nada mejor que escuchar al cliente.

Un fenómeno de consumo nacional

20 Son los alfajores que en promedio come cada argentino todos los años

jueves, 3 de diciembre de 2015

MAGICLICK | LA CHISPA ENCENDIDA

Una charla con el diseñador del Magiclick

Prócer entre sus pares locales e internacionales, comenzó a hacer diseño industrial cuando aún no existía la carrera. Con más de medio siglo de sólida trayectoria, continúa diseñando para marcas y empresas de Centroamérica

Por Romina Metti | Para Living

Se siente ametrallado (sic) por la cantidad de preguntas, pero las respuestas surgen de manera natural. No quiero abusar de su tiempo pero tampoco perder la oportunidad: Hugo Kogan es de esas personas que parecen tener una clara y simple definición acerca de todas las cosas de la vida. Empezamos por un lugar común, aunque no por eso poco interesante: la creación del Magiclick. Pero antes de seguir, vamos hacia atrás en el tiempo y llegamos su infancia: "Nada me emocionaba más que la escultura, dibujaba naturalmente pero lo mío era lo tridimensional. Sin necesidad de dibujos previos y sabiendo lo que quería, trabajaba el barro que amasaba con pequeños trozos de paja y daba forma a caballos, cabezas de personajes, cuerpos, orquestas completas de músicos de jazz y de tango, y personajes de historieta", recuerda. En busca de un colegio secundario que habilitara una salida laboral, pasó por nacionales y comerciales hasta descubrir su lugar definitivo en un industrial. Allí se reencontró con el dibujo, esta vez técnico, egresando con el título de técnico en mecánica: "El profundo conocimiento de materiales, procesos, herramientas y medios de producción se imbricó con mi interés por la forma. Allí comenzó a gestarse lo que me acercó a la profesión: años más tarde, trabajando en Philips Argentina me enteré de que lo que hacía se llamaba diseño".

El invento mágico

"En 1967, el empresario Ernesto "Tochi" Vainer volvía de uno de sus viajes a Japón y me pidió que incorporara a sus líneas de cocinas un dispositivo piezoeléctrico absolutamente novedoso". Para entonces, Kogan era Director del Departamento de Diseño de AURORA y comenzaba a jugar con el material hasta llegar a un encendedor de cocina autónomo. "Con un nombre asociado a su misterio, y una frase inolvidable -Sin pila, sin cable y sin piedra-, la promesa de sus 104 años de duración coló en la población, a tal medida que terminó posicionándose como un regalo deseado", relata. Era un signo de época crear cosas que duraran, aunque en este caso la esperanza de vida era más que generosa. Hugo explica cómo la calcularon: "Tomando como referencia la cantidad de chispas que garantizaba el productor y dividiendo por un estimado de 25 encendidos por día, llegamos a una cifra que llegaba a los 100 años. Fue la agencia la que decidió comunicar los 104".

El diseñador recuerda al mercado de aquellos años como carente de novedades tecnológicas y sin aportes novedosos para las tareas domésticas: "Estar en el lugar apropiado, en el momento adecuado, con una propuesta de utilidad, con una marca inolvidable y una muy buena comunicación, es a mí entender lo que lo dotó al Magiclick de la trascendencia que lo acompaña". La proyección de la demanda arrojada por un estudio de mercado quedó corta: se estimaban ventas de 5 mil unidades por mes, pero durante los primeros 90 días los pedidos alcanzaron las 80 mil. Kogan recuerda que el Magiclick era elegido como regalo, por eso con el tiempo el packaging fue intervenido con un moño.

Diseño: un oficio diario

Kogan rememora los proyectos más desafiantes de su carrera y sorprende con relatos que ningún usuario del Magiclick hubiera imaginado: "Un espacio de incubación diseñado para reproducir el hábitat natural dedicado a la cría de iguanas. Fue un encargo que tenía como fin terminar con la caza indiscriminada de animales silvestres. Lo logramos. Para entender, recabamos información sobre la iguana, sus movimientos y costumbres, dimensiones y flexibilidad. Tuvimos dos ejemplares adultos dando paseos y dispersando sus fuertes olores en las oficinas durante un día: fue duro". Para el mundo textil diseñó una máquina circular manual con ingeniería de alta complejidad para el tejido de medias: "Era una máquina con mecánica compleja, hubo que aprender a usarla para resolverla. Funcionó y se produjo en una época en la que la mujer colaboraba con la economía familiar trabajando en su casa".

A comienzos de los 70’, luego de casi dos décadas de que la tele llegara al país, Kogan atendió a una demanda que surgía en las casas: la de una segunda caja chica. La resolvió diseñando una tele monocromática y portable de 13": el Tonomac. Fuera de la producción en serie, en 1986 creó, junto a Ricardo Blanco y Reinaldo Leiro, el estudio VISIVA: "Éramos tres profesionales que coincidíamos en el deseo de explorar otras vertientes. Fue un emprendimiento imaginado por Ricardo en el que Reinaldo elaboró el programa de inversiones, costos de adecuación y alquileres, que según la inversión comprometida nos permitiría mantenerlo exactamente un año. Fue una maravillosa experiencia, para la que diseñé, entre otros, el radiorreceptor de 6 bandas LOOP y el reloj de péndulo CUARTO".

 

TV Tonomac.

 

Calefactor extrachato Volcán.

 

Reflexiones sobre el mundo moderno

La innovación siempre estuvo entre las prioridades de Hugo Kogan. Entiende, sin embargo, que hoy las necesidades están satisfechas, por eso el diseño trabaja para dar respuesta a los deseos: de las personas: "Estamos inmersos en multitud de productos, de excitantes propuestas, de fórmulas orientadas a la felicidad, de ofertas de precios por única vez, de nuevas tecnologías que nos permiten mantener el ritmo y, mientras tanto, corremos sin tener muy claro hacia dónde". En los últimos 15 años, Hugo Kogan se ha dedicado a desarrollar proyectos para empresas centroamericanas a través de Focus Brand, el estudio que dirige junto a Miki Friendenbach. "El hoy es nuestra única oportunidad real para el hacer: el disfrute, los cariños, el amor, el ocio y la amistad. Tenerlo presente nos ayudará a no distraernos, a no postergar lo realmente importante y a disponer de estrategias para evitar las interferencias, que son muchas e inteligentes", propone como cierre el hombre que, aunque no lo veamos, está presente en buena parte de nuestras acciones diarias: a través de una idea, una forma, un objeto..

http://www.espacioliving.com

miércoles, 25 de noviembre de 2015

LA HISTORIA DE BELDENT

La historia de Beldent: empeño, competencia y venganza

La persistencia de un visionario de las golosinas nacionales hizo que, tras un estrepitoso fracaso, un chicle único tuviera una segunda oportunidad y hasta superara una mala jugada de la competencia. Así se gestó el primer chicle argentino para adultos.

Si uno juzgase a Beldent por los incesantes comerciales que aparecen en las tandas de los canales de aire o antes de cada video de YouTube, diría que se trata de otro caso más de una marca que intenta ganar mercado en el país. Sin embargo, detrás del gigante Mondelez International y de las campañas con el cantante de Tan Biónica, se esconde una de las historias más singulares de las golosinas argentinas.

Todo comienza en los años 70, en uno de los momentos de esplendor de Stani, la fábrica de golosinas que había creado Alejandro Stanislavsky tres décadas antes y que su hijo Arnoldo había logrado modernizar y hacer crecer a fuerza de grandes ideas. Tras diversificar sus productos más allá de los caramelos duros y las pastillas, la empresa florecía gracias a su producto estrella, los chicles Bazooka. Los niños amaban a Joe Bazooka y a su pandilla y las ventas estaban por las nubes. Arnoldo, sin embargo, no quería dormirse en los laureles y vivía pensando en qué nuevo producto podía crear para ganar más clientes o generar un nuevo mercado. Éstas eran sus preocupaciones en los frecuentes viajes que realizaba con su mujer a Nueva York, en donde desplegaba un sentido natural del marketing, analizando las golosinas de allá y estudiando los hábitos de sus ciudadanos. Sabía que la Argentina tenía sus propias características, únicas, pero una de sus habilidades era poder adaptar costumbres foráneas al uso local.

PRIMERO, UN FRACASO
Luego de meditarlo mucho, se dio cuenta de que necesitaba replicar el suceso de Bazooka ahora con los adultos, que no tenían en el país el hábito de consumir chicles. Analizó cómo era el mercado en EE.UU. y redujo los posibles formatos a dos: el estilo confitado de los Chiclets de Adams o las finas tiras envueltas en aluminio de Wrigley’s. Sin monto para invertir en la compra de una licencia, ambos productos eran imposibles de replicar sin costosas máquinas especiales que le aseguraran cortes de gran precisión. Así que, como tantas veces había pasado antes, tuvo que ponerse a crear algo completamente nuevo y que fuese realizable en el país. Tras varias idas y vueltas, llegó a un chicle de tamaño muy pequeño pero más ancho que el Wrigley’s, que se debía vender agrupado y empaquetado individualmente en papel de aluminio. Era un formato novedoso y atractivo. Bautizó a su producto “Beldent” y lo pensó como el acompañamiento perfecto para después de las comidas. Con el producto terminado, mandó a rodar un comercial en el que un hombre pide sin éxito un cepillo de dientes en un restaurante. Pero, al llegar la cuenta, el mozo le acerca un Beldent, el chicle que limpia la boca y mejora el aliento. La campaña comenzó a emitirse en TV a la vez que, gracias a un acuerdo inédito, muchos de los locales gastronómicos más lujosos de Buenos Aires comenzaron a sumar un paquete de Beldent a la bandejita plateada en la que se entregaba el ticket. De nada sirvió: Beldent fue un rotundo fracaso y su producción tuvo que ser cancelada.

CON TODO, TODO, TODO EL SABOR
Pero Arnoldo era tenaz y sabía que tenía en sus manos un producto único, que contaba con los ingredientes necesarios para triunfar. Solo necesitaba cambiar la manera en que se lo vendía. Así que, varios años después, ya iniciada la década del 80, relanzó Beldent como un chicle sin azúcar, con un colorido comercial en el que adultos jóvenes saltaban y bailaban, e incluía lo que hasta ese entonces era un tabú para las golosinas: una mujer que se pesaba en una balanza y saltaba feliz. El jingle les debe sonar todavía a varios en la cabeza: “Beldent sin azúcar, con todo, todo, todo el sabor”. El éxito fue inmediato y de golpe los adultos querían ser parte de esa frescura. Fue en ese entonces que Mario Farber, un empleado de marketing de la firma Lever, llevó su currículum a Stani y tuvo una entrevista con Arnoldo, quien le pidió que le describiera cómo era el paquete de Beldent. Farber lo hizo de memoria: paquete verde, letras eléctricas y la leyenda “Sin azúcar”. Pero su futuro jefe lo bochó, diciéndole que estaba equivocado. Sacó de un cajón una cajita de Beldent y le mostró al escéptico joven que esa frase no estaba. Farber no podía creer cómo había fallado en esa prueba, aunque luego de una sonora risotada de Arnoldo el misterio se aclaró: de acuerdo a las reglamentaciones argentinas, el paquete de un producto no puede indicar de qué ingredientes carece, sino solo los que contiene. Como el gancho del renovado Beldent era que no tenía azúcar, el mandamás de Stani mandó a fabricar un packaging exclusivo para los comerciales televisivos y las publicidades gráficas. Ése era el que Farber –al igual que tantos otros argentinos– tenía grabado en la memoria.
“‘La gente recuerda más lo que ve en TV que lo que tiene en el bolsillo’, me dijo entonces Arnoldo. Y fue el primero de muchos consejos que recibí de él, un hombre excepcional, un empresario único y una de las personas más inteligentes que conocí –recuerda Farber, desde Miami, donde reside desde hace muchos años–. Él era grandote, gigante, pero en el fondo era un niño. Tenía cara de nene y hacía todo el tiempo bromas y chistes. Me acuerdo que de un viaje a Nueva York me trajo de regalo el VHS de ‘Quisiera ser grande’. Me di cuenta que me estaba hablando de él mismo”.

VIVIDENT: LA COMPETENCIA
La alianza entre él y Arnoldo dio lugar a algunas de las golosinas más queridas de aquellos que crecieron en los 80. Y juntos lucharon por el futuro de Beldent que, como todo producto exitoso, fue imitado y hasta boicoteado. A los pocos meses de su éxito, el gigante Arcor anunció con bombos y platillos la salida de Vivident, un chicle que competía de manera directa y que se lanzó con un comercial televisivo de características muy similares, con adultos jóvenes que jugaban al paddle, bailaban por las calles y disfrutaban a ritmo de un jingle en el que se cantaba: “Viví, viví, viví Vivident”. Para Farber, no fue algo sorpresivo: “Fue un capítulo más en el enfrentamiento histórico entre Arnoldo y Fulvio Pagani, que en ese momento era la cabeza de Arcor. Aunque en casi todo éramos empresas con filosofías totalmente opuestas, Arnoldo siempre sintió que estaba compitiendo con él. Tenían historias parecidas, los dos hijos de patriarcas golosineros que se habían hecho desde abajo, pero Arcor siempre fue un monstruo, facturaba muchísimo más que nosotros y buscaba el volumen por encima de la calidad. Cuando salió Vivident nos dimos cuenta de que Beldent iba a quedar en la historia, si no ni se hubiesen preocupado por competir, pero nos asustamos, porque sabíamos que ellos nos iban a matar con los precios y el stock”. Pero el emporio de los Pagani había cometido el error de confiar demasiado en su poder. 

Arnoldo, estudioso del mercado de golosinas de todo el mundo, sabía que Vivident era una marca registrada de Perfetti, el gigante italiano. Sus dueños, Augusto y Giorgio Perfetti, eran fanáticos de los yates y los barcos, una pasión que el argentino imitó sin lograr el mismo glamour. “Arnoldo tenía dos barcos muy lindos, incluso andaba en ellos con un sombrerito de capitán, pero veía las fotos de los Perfetti en yates increíbles con el Mediterráneo de fondo y se quería matar”, relata Farber. Moviendo contactos, averiguó que los hermanos jamás le habían dado la licencia de Vivident a Arcor. Entonces esperó a que los kioscos estuvieran llenos del flamante producto y que el comercial estuviese pautado en los principales canales de televisión y radio. En el punto más alto de promoción, consiguió a un amigo que se presentó a la Justicia reclamando que la propiedad de Vivident no era de Arcor, lo que obligó a retirar a todos los chicles del mercado de inmediato. 


UN PÍCARO EMPRESARIO
Un tiempo antes de la llegada de Vivident, y entusiasmados por el éxito de Beldent, Arnoldo y Farber habían decidido sacar otro chicle para adultos, llamado “New York”. “Posiblemente nadie lo recuerde porque fue un fracaso estrepitoso. Y yo creo que falló porque nos traicionamos a nosotros mismos y no fuimos auténticos. Quisimos hacer una suerte de Chiclets, con la cajita muy similar, pero le pusimos New York y armamos los comerciales con escenas de Buenos Aires que parecían New York… ¡una truchada! En la década del 80 el país estaba en llamas con la hiperinflación, ¡y nosotros jugando a ser yanquis! Un grave error”, explica. Con muchísima mercadería sin vender, Arnoldo vio la oportunidad de aprovechar el affair Vivident: en secreto mandó a sus fuerzas de venta a que le ofrecieran a los kiosqueros los chicles New York gratis a cambio de que sacaran los carteles y material de Vivident. Durante semanas, los que se acercaban a pedir un Vivident, por los anuncios que aún salían en los medios, no los encontraban pero se llevaban a cambio los New York. 

Por Tomàs Balmaceda y Martìn Auzmendi
Fotos: Santiago Ciuffo

http://www.planetajoy.com

miércoles, 11 de noviembre de 2015

CHOCOLATE AGUILA | HISTORIA


Chocolate Águila: del submarino a los kioscos

Comenzó como un insumo clave para el submarino, se amplió a los kioscos y hoy es un ícono de la repostería hogareña. Verdades y secretos de una marca que, en sus 135 años de historia, supo leer la realidad del país y adaptarse al paladar dulce argentino.

Cuando una marca logra sintonizar de manera perfecta con el pulso de una sociedad, consigue el matrimonio con el que muchos sueñan pero que pocos pueden concretar. Ése fue el logro de Águila Saint, que supo interpretar a comienzos del siglo pasado lo que necesitaban los argentinos: una forma sencilla de tomar el chocolate caliente,  la bebida sin alcohol más popular del momento. Sin embargo, pocos matrimonios duran para siempre y cuando el chocolate para taza comenzó a perder terreno en el paladar local, la empresa fundada por Don Abel Saint en 1880 debió dar un golpe de timón y adaptarse a los nuevos tiempos. Y encontró en la publicidad a su aliado ideal, sin nunca perder presencia en los kioscos con productos que marcaron a más de una generación, desde los bombones Nec Plus Ultra hasta el recordado chocolatín del payasito que se vendía en escuelas y circos, pasando por un sinfín de caramelos para adultos y hasta las cremas heladas Laponia. 135 años después, el ave más famosa del chocolate demuestra que está lejos de la extinción.
DEL CAFÉ AL CHOCOLATE
Saint, un inmigrante francés que siempre sintió nostalgia por su tierra pero que encontró en la Argentina su lugar en el mundo, abrió El Águila como un comercio dedicado al tostado de café en un pequeño local en Artes 515, lo que es hoy la avenida Carlos Pellegrini. De inmediato tuvo éxito y debió ampliar las instalaciones, primero mudándose a un espacio en la calle Santiago del Estero, cerca de Plaza Constitución, y luego comprando en 1894 un amplio terrero de 4000 metros cuadrados en Barracas. Su repentina muerte, cuando tenía apenas 50 años, le impidió ver lo que su viuda e hijos harían allí: una de las fábricas más avanzadas de la época, en la que se tostaba el café, se trabajaba el chocolate y se embalaban todos los productos, listos para ser repartidos por la ciudad. En una Argentina en la que la matriz productiva estaba signada por la ganadería y la agricultura, la arriesgada apuesta de Saint por la industrialización comenzaba de a poco a rendir frutos y marcaba el paso de la actividad del sur porteño, en el que se fueron instalando otras fábricas, como Canale, Bagley y Terrabusi. Por infraestructura y ventas, El Águila se destacaba entre todos, inundando el barrio con olor a chocolate y dando trabajo a casi cualquiera que se acercara hasta sus puertas, posiblemente recién llegados en barco de algún lejano país.

En su edificio en la calle Herrera, entre Brandsen y Suárez –en donde hoy hay un inmenso local de venta de materiales de construcción y artículos del hogar–, un águila de cemento velaba por el progreso para todos los trabajadores. De la fábrica queda en pie la fachada y el águila, pero ya no existe aquello que protegía ni los valores que representaba. Desde 2001, una placa de bronce mantiene vivo el recuerdo de ese pasado glorioso: “En este sitio de Barracas un visionario de la industria, Abel Saint, fundó El Águila. Homenaje a todos aquellos obreros que pusieron su esfuerzo en la empresa e hicieron para el barrio de Barracas uno de los más importantes lugares donde se cimentó el progreso de Buenos Aires”.
EL SECRETO DEL SUBMARINO
Sin dudas, Saint fue uno de los primeros en darse cuenta de que, para que la ciudad y el país crecieran, se necesitaba mucho más que vacas y granos. “Una empresa debe trascender a un hombre”, era uno de sus lemas, y sus herederos lo siguieron al pie de la letra, respetando también su intuición de que, para sobrevivir, era necesaria la diversificación de productos orientados al consumo masivo. Así, junto con el café, El Águila comenzó a comercializar distintos productos derivados del cacao, hasta encontrar su nicho en el “chocolate para taza”, necesario para uno de los hábitos alimenticios centrales de la dieta de los argentinos en la primera mitad del siglo XX. La leche con chocolate era una de las infusiones más populares de aquellos años, una costumbre que iba más allá de las clases sociales y que disfrutaban niños y adultos por igual. Si bien en cumpleaños, comuniones y en la celebración de las fechas patrias la taza de chocolate ocupaba un lugar central en la mesa, también constituía la bebida diaria más popular. El chocolate caliente era sabroso, nutritivo y accesible, tres valores que rara vez iban de la mano. Los Saint vieron allí una oportunidad y trabajaron arduamente hasta que El Águila logró un catálogo con diferentes presentaciones pensadas específicamente para ese momento, con productos que se destacaban por su capacidad de disolución y rendimiento. Junto con la famosa barra de chocolate, que aún hoy acompaña a los submarinos de numerosos bares, también estaba el Águila Express, que venía laminado en hojas y en escamas para lograr una chocolatada instantánea, y el Comprimido Águila, que nació para ser usado en tazas pequeñas pero terminó siendo una de las golosinas más populares en los kioscos.
El suceso con el chocolate para taza fue tan grande que la marca comenzó a extenderse mucho más allá de Buenos Aires. De hecho, ya en 1905 inauguraron una pequeña fábrica en Uruguay pero se afianzaron en todo el país y comenzaron a exportar productos a Paraguay. En 1923, los Saint cambiaron de razón social por Cafés Chocolates Águila y Productos Saint Hnos. S.A., institucionalizando la manera en la que los consumidores pedían en los puntos de venta: Águila en vez de El Águila. Tal como quería su fundador, se mantuvo la diversificación y llegaron a tener cien productos distintos, incluyendo caramelos, golosinas, bombones y hasta yerba mate. Algunas de sus marcas más populares eran las cajas de bombones Nec Plus Ultra, los Nougatines, el Chocolatín Friandise, diversos medallones de frutilla y menta, los Cigarritos de chocolate, el Bombón Colibrí –una delicia de coco, vainilla, menta y frutilla– y los Chocolatines Águila, muy populares entre los niños en las funciones de cine y de circo y con un característico payaso en un envoltorio. En 1930 se metió de lleno en el mercado de las cremas heladas industriales, toda una innovación para la época, con la marca Laponia. Ese nombre llegaría a la cima de la popularidad, medio siglo después, gracias a creaciones como Patalín, Fruti Dedo, Popsy y el recordado helado de crema con la forma del Topo Gigio.

LA REPOSTERÍA: UNA SALVACIÓN
Hasta la década del 70, el volumen de ventas se mantuvo muy alto y les permitió a los Saint contar con maquinaria de última generación en la fábrica de Barracas, que tenía autoabastecimiento de material para envasar, una imprenta que estampaba los envases y hasta una sastrería propia, en la que se confeccionaba la ropa del personal. En su mejor momento, los empleados llegaron a ser más de 1800 en turnos que cubrían las 24 horas y existía un centenar de sucursales para asegurar la distribución por todo el territorio nacional.
Pero, con el pasar del tiempo, las costumbres de los argentinos fueron cambiando y amenazaron la supervivencia de la empresa. No solo ya no se bebía tanto chocolate, sino que había nuevos y revolucionarios productos en polvo que eran imbatibles en términos de precio y practicidad. A fines de la década del 70 se formó un cóctel explosivo con los altos costos de las materias primas, la dificultad para importar maquinaria y la aparición de “la moda de lo diet”, que puso en el banquillo a las golosinas con chocolate. Acorralado por el fin de las condiciones que lo habían hecho líder durante casi un siglo, Águila decidió no dejarse vencer y comenzó a buscar un nuevo nicho sin dueño en el cual afianzarse y crecer. Para eso llevó adelante una extensa investigación de mercado –algo inusual para la época y mucho más para una marca con su tradición– y descubrió que eran numerosas las mujeres que querían acercarse a la repostería y a la preparación de postres pero que no tenían ni conocimientos ni tiempo. Así, la marca se propuso ser “la solución total para el ama de casa”, una nueva y ambiciosa meta, con una nueva imagen y una gama variada de productos, orientada a consumidores con mayor y menor grado de experiencia y tiempo de dedicación a la cocina. Para comunicar esta nueva etapa, adoptó el color rosa en sus paquetes, actualizó su logo modernizando a su otrora temeraria mascota y se metió de lleno en las tandas comerciales de la televisión, en donde hizo historia (ver recuadro).
El giro a tiempo le permitió a Águila liderar el segmento de la repostería hogareña y seguir creciendo, fiel al legado de Saint de mantenerse activo y diversificado. En 1993 fue adquirida por el grupo Arcor y profundizó ese camino, que aún recorre. El slogan, que se mantiene desde entonces, es que Águila es "el nombre del chocolate", una tradición que ya lleva más de 130 años y cuya vigencia se explica por la habilidad de haber podido cambiar a tiempo sin perder su esencia.
“DESDE QUE ERA ASÍ DE CHIQUITITO”
La estrategia publicitaria fue una de las claves del resurgimiento de Águila en los años ochenta. Con ingenio y sin formalidades, la marca le habló directamente al público masivo con un vocero inesperado: un mulato fanático del chocolate que había sido un niño rubio y cachetón antes de comenzar a usar los productos Águila en tortas, postres y galletitas. Creada por Raúl López Rossi para la agencia Ortiz Scopesi, la campaña del “negro de Águila” fue un verdadero suceso y su protagonista un ícono para la marca, que aún vive en la memoria de aquellos que veían televisión en 1982. La primera pieza, llamada “Fotografía”, fue finalista del prestigioso Clío de Nueva York en la categoría alimentos y las tres que le siguieron –“Familia”, “Novia” y “Submarino”– ganaron el galardón local Lápiz de Oro.
Por Martín Auzmendi y Tomás Balmaceda

sábado, 10 de octubre de 2015

LA CASA DE 7000 DOLARES

Es posible construir una casa por 7000 dólares

Por Federico Ambrosio - fambrosio@clarin.com -

Un prototipo de vivienda económico acerca una solución habitacional para los más necesitados. Es un proyecto de la arquitecta mexicana Tatiana Bilbao y que es la atracción de la Bienal de Arquitectura de Chicago.

 

VIVIENDA POPULAR. El prototipo ya es una de las estrellas de la Bienal de Arquitectura de Chicago.

VIVIENDA POPULAR. Planta.   VIVIENDA POPULAR. Corte.

VIVIENDA POPULAR. Corte.     VIVIENDA POPULAR. Vistan desde el interior de la casa.

La arquitecta mexicana Tatiana Bilbao presentó un prototipo de vivienda popular en la Bienal de Arquitectura de Chicago, que se realiza hasta el 3 de enero de 2016. Rápidamente la propuesta se viralizó por las redes y se convirtió en la atracción de la feria. Uno de los motivos fundamentales es su precio: 7000 dólares.

La casa tiene una superficie de 63,36 metros cuadrados y cuenta con un desempeño energético superior a cualquier vivienda social de las que existen, por lo menos en México. Bajo el nombre de "Vivienda Popular", el prototipo no descuida la arquitectura y su diseño es atractivo, mesurado y funcional.


El prototipo que se encuentra montado en uno de los salones de la muestra fue construido ante los ojos de los organizadores en tan solo tres semanas. Se puede construir en bloques de adobe o en paneles de EPS (tipo Telgopor) con estructura de malla metálica, y pallets industriales que se utilizan como cerramientos y divisores interior-exterior. La vivienda se organiza a partir de una estructura modular que permite futuras ampliaciones según las necesidades de sus habitantes.

La casa básica tiene dos dormitorios, un baño, una cocina y un estar comedor, y así mejora la calidad espacial de los habituales programas habitacionales que funcionan en México. Si esta misma casa se construyera en Argentina, a valor de la moneda nacional, costaría alrededor de 80,000 pesos, casi $1300 el metro cuadrado construido. Un precio muy económico si tenemos en cuenta que según el ïndice Clarin, el precio actual del m2 asciende a $14.000.
Según la arquitecta Bilbao, esta idea surge debido a una antigua problemática habitacional donde 53 millones de pobres no cuentan con acceso a una vivienda que resuelva las condiciones básicas de habitabilidad. En un pais con 120 millones de habitantes, un mercado inmobiliario en alza y los altos beneficios para los constructores, el acceso a una vivienda mínima y digna es casi inalcanzable. Para Bilbao, "La arquitectura se ha alejado de la sociedad y tiene que volver a ser relevante, ejercitar su poder de dar o quitar calidad de vida. El beneficio social debe primar sobre el económico”.
Este caso, presentado en la Bienal de Chicago, permite que los sectores de riesgo puedan acceder a una vivienda digna sin la necesidad de contratar mano de obra, ya que el sistema propuesto por Bilbao contempla la autoconstrucción. La Vivienda Popular está abriendo el debate en Chicago, un debate que puede dar respuesta, o parte de ella, a la problemática de la vivienda en toda América Latina.

http://arq.clarin.com/arquitectura/casa-dolares_0_1445855747.html

viernes, 9 de octubre de 2015

LA HISTORIA DE GUAYMALLEN | ALFAJOR

La desconocida historia de Guaymallen, el alfajor más popular

Con sabores simples y precios bajos, es la marca del rubro más vendida del país: elaboran más de dos millones de unidades diarias, trabajan sin stock y mantienen el modelo de empresa familiar. Revolucionarios en sus modos de comercialización, reinventaron esta golosina y la llevaron de la confitería al kiosco.

“Acá viene el Chino, ¡se come un Guaymallen!”, grita el relator Osvaldo Principi en medio del fervor final de la pelea entre Marcos Maidana y Floyd Mayweather sobre el ring del MGM de Las Vegas. La secuencia es la siguiente: es el 3 de mayo de 2014 y el boxeador santafesino espera el resultado de una contienda que se definirá por puntos. Todo indica que perderá, pero el estadio entero lo ovaciona mientras dos periodistas norteamericanos se disponen a entrevistarlo. “One moment”, dice el Chino. Abre el envase y se lleva a la boca un alfajor simple de dulce de leche. “¡Guaymallen!”, exclama. Al advertir la maniobra publicitaria el reportero intenta desviar la atención, pero ya es tarde.
Esa noche, el alfajor popular más vendido de la Argentina estuvo en el centro de atención del mundo. Y lo hizo en boca de un peleador humilde de Santa Fe que llegaba a lo más alto de su carrera, terminando de hilvanar un largo camino en el que se cruzan diferentes factores: el origen de la industrialización de la golosina argentina más importante, los buscas y la vuelta de la democracia, la innovación en publicidad en las canchas de futbol, los valores y hallazgos de un emprendedor del siglo pasado, las industrias que producen y venden en sectores populares y el lugar que ocupa el alfajor en la alimentación local.
El planeta conoció al alfajor que en la Argentina desde hace años está todos los días en cada kiosco, en cada mercado, en cada rincón de un país que los consume como ninguna otra golosina.
DOS MILLONES POR DÍA
Las puertas del depósito de la fábrica de Guaymallen están abiertas y a unos metros hay un camión ploteado con la imagen de una marca de dulce de leche. Hay varios palets, no muchos, esperando pacientemente que los pasen a buscar. “Todo se vende en el día, no tenemos stock”, nos cuentan. Vemos un brazo mecánico, ese día parado por un desperfecto. Tres hombres y una mujer reciben las cajas cerradas, las revisan y las dejan para el último tramo: la máquina las apila en orden, listas para salir a la venta. “Todo el proceso de elaboración debe durar unos 22 minutos”, nos dice un empleado que trabaja en la empresa hace un par de décadas, agregando que si la producción fuera lineal todo sería más rápido. El camino que va desde la elaboración de las tapas hasta el empaque final es un laberinto que se fue construyendo con el crecimiento de la compañía, mientras se iban comprando las propiedades hasta ocupar casi toda una manzana en Mataderos. Antes de estar como encargado, nuestro guía trabajó en un colegio de la zona y ahora algunos de sus alumnos son obreros en la fábrica. Todo parece quedar en el barrio, en familia. Es el final del camino de la elaboración del alfajor más popular del país, el pionero en su industrialización y el que aún se elabora en el seno de una empresa familiar en un mercado millonario que crece y que atrajo a los gigantes de la industria de la golosina.
“Hacemos dos millones de alfajores por día y estamos con 30 días de atraso en las entregas”, cuenta Hugo Bassilota sentado en su escritorio, rodeado por un cuadro con la imagen de Pugliese y la tapa enmarcada de la revista Ring Side en la que está junto a Maidana sobre el ring de Las Vegas. Una y otra imagen resumen extremos de la historia de la marca.

EL ORIGEN DEL ALFAJOR
El creador de los alfajores Guaymallen (así, sin tilde en la “e” y sin motivos claros para ello) fue Ulpiano Fernández, argentino, hijo de gallegos, habitante de la localidad de Sarandí, que un día se cansó de tener que ir todos los días al centro de la ciudad por su trabajo como comprador de ramos generales y le propuso al hermano de su novia, que era confitero, meterse a hacer alfajores. Era 1945, él tenía 30 años y el alfajor era uno de los tantos productos dulces que se vendían en las confiterías, cuando los kioscos casi no existían.
“Mi suegro fue un pionero y tenía la idea de hacer cosas distintas: los empezó a envolver, los puso en cajas, fue innovando mucho”, recuerda Hugo, que trabajó desde muy joven con él cuando ya estaba claro que su noviazgo con Cristina, a quien había conocido en uno de los tradicionales bailes de barrio, iba camino al altar. Luego de alquilar una panadería para industrializar la producción, Ulpiano fue incansable en las mejoras para imponerlo en el mercado. “¡Hasta hizo el alfajor ovalado!”, contó Hugo, recordando también que en 1951 Guaymallen fue la primera compañía en colocar un cartel publicitario en una cancha de fútbol argentina, más específicamente en la de Ferro, para luego ocupar por años el lugar por el que salían los jugadores en la Bombonera. En ese entonces, y por mucho tiempo, los estadios eran el lugar de consumo de productos populares. El cartel de Guaymallen en la cancha indicaba que era ese mismo alfajor el que se compraba para comer en el entretiempo, mucho antes de la aparición de los sofisticados carteles con las grandes marcas internacionales.
En 1976, la fábrica mudó la producción de la calle Boyacá en Paternal a su ubicación actual en Martiniano Leguizamón 1235. Todo se hacía bajo la mirada paternal de Ulpiano, que trabajó hasta los 95 años en la planta junto a Cristina, quien hoy es la presidenta de la empresa (sí: Cristina presidenta). “Hasta 1982, 1983 la empresa andaba bien, producía y vendía unas 2000 cajas por día. Pero fue entonces cuando llegaron los buscas y toco cambió”, cuenta con una sonrisa Hugo. Eran los inicios de la democracia, con una tímida industria de alfajores que no podía ni siquiera soñar con las más de mil millones de unidades que vende por año actualmente.
“Un día a eso de las diez de la mañana llegaron dos tipos grandotes en un Falcon, dijeron que eran los que tenían toda la venta de la estación Retiro, pidieron 100 cajas para probar cómo les iba con eso y pagaron en efectivo”, recuerda Hugo. Para una fábrica que vendía 2000 cajas por día, era una buena forma de empezar. Mejor aún cuando a las tres de la tarde volvieron con una camioneta y pidieron 500 cajas más. Y una revolución cuando al día siguiente directamente pidieron mil. El éxito de ventas del “guayma”, como muchos conocen al alfajor, comenzó a crecer entre los buscas y en poco tiempo llegaron para comprar también de Morón, Constitución, Merlo, Moreno y Once. Y fue un fenómeno que se mantuvo a pesar de los cimbronazos de la economía local: aquellos que ya han pasado los 35 años de edad recordarán la oferta de “10 alfajores por un austral” en las estaciones de tren en tiempos de Alfonsín, mientras que los más jóvenes tal vez recuerden los “10 alfajores a un peso” en tiempos del 1 a 1 de Menem. Estos vendedores cambiaron para siempre la historia de Guaymallen, que a partir de allí no detuvo su crecimiento, fue ampliando sus fábricas y se transformó en líder absoluto del segmento de alfajores populares, que hoy rondan los tres pesos, entre cuatro y cinco veces menos que las marcas de primera línea.

ALIMENTO POPULAR
La fábrica actual ocupa casi dos manzanas completas y trabaja 24 horas al día con alrededor de 200 empleados, mientras construyen una nueva planta en Spegazzini, de 5000 metros cubiertos en un predio de 50.000 con el que podrán ampliar la producción y abrir el juego para que los hijos de los creadores puedan hacer que la empresa siga creciendo. “Hay que darle lugar a los hijos”, reconoce Hugo, quien tuvo con Cristina tres mujeres y un varón, responsables del reciente aggiornamento de la marca con nuevo envase y una versión más moderna del clásico ‘changuito’ de su logo.
La producción de Guaymallen se divide en 40% de alfajores de chocolate, 40% de dulce de leche y 20% por ciento de fruta, un objeto de culto que tiene miles de fanáticos en el país cuya fidelidad no deja de sorprenderlos. ¿La división exacta del gusto popular? Hugo reconoce que Fantoche es el creador indiscutido del alfajor triple pero que ellos tienen el propio, que lidera las ventas en el interior del país. La última creación fue el Guaymallen de Oro, el único producto premium de la marca y un homenaje a Ulpiano y sus primeras creaciones.
Tal vez el reinado del alfajor tenga que pensarse dentro de los cambios de vida y alimentación de mucha gente en los últimos 30 años. Una historia que tiene a Guaymallen en el centro del ring, sin tantos flashes como en Las Vegas pero en el corazón de la historia popular de nuestras golosinas.
EL ALMUERZO DE NÉSTOR K
Hay una anécdota que resume el lugar que ocupa el Guaymallen como parte importante en el almuerzo, la merienda o la cena de muchos: cuando Hugo Bassilota fue con el Chino Maidana a la Quinta de Olivos tras su derrota en Las Vegas, Cristina Fernández de Kirchner pidió conocer “al señor de Guaymallen”. ¿Por qué? Porque quería contarle que sus alfajores fueron el almuerzo de ella y Néstor cuando estudiaban juntos en la Universidad de la Plata. “Todas las golosinas son buenas, pero no hay ninguna nutricionalmente para los chicos como el alfajor. Tiene huevo, dulce de leche, cacao, dulce, galletita…”, sentencia Hugo.

por Tomás Balmaceda y Martín Auzmendi
fotos: Santiago Ciuffo

Fuente: http://www.planetajoy.com/

sábado, 15 de agosto de 2015

LA HISTORIA DEL CHICLE BAZOOKA

Para las últimas generaciones argentinas, pensar en chicle es pensar en bazooka, horóscopos delirantes y aventuras de un pibe con parche en el ojo. Detrás de ese ícono del kiosco nacional se esconde una trama familiar compleja, la creación del gigante stani y el contrabando de maquinarias. Una disputa generacional que termina con un globo de goma que se revienta y queda pegoteado en los labios.

Aunque hoy es frecuente viajar y encontrar en los kioscos de distintos países muchas de las golosinas que uno tiene en cualquier esquina del barrio, la globalización de los caramelos, pastillas y dulces es un fenómeno relativamente reciente. Existe, sin embargo, un producto pionero en el cruce de fronteras: los chicles Bazooka. Nacidos en los Estados Unidos en 1947, y bautizados insólitamente por el arma que se popularizó en la Segunda Guerra Mundial, se convirtieron en un símbolo global de infancia y diversión, con una goma muy sabrosa y duradera que traía de yapa pequeños cómics que fueron, para muchas generaciones, una de los primeros acercamientos a la lectura. La Argentina fue uno de los primeros países que tuvo sus propios Bazooka pero su llegada no fue fácil: es el fruto del esfuerzo y ambición de un incansable pionero en la industria.
Todo comenzó en 1928, muchos años antes de que Joe Bazooka comenzara sus aventuras, cuando los Stanislavsky tuvieron a Arnoldo, su primer hijo, que se crió entre dulces y golosinas en San Telmo, mientras su padre Alejandro replicaba en el país el oficio que había conocido en su Ucrania natal: la fabricación de caramelos caseros. Había llegado al país una década antes, escapando de los horrores de la hambruna y la segregación, y con el tiempo logró tener una modesta fábrica.
“Cuando niñito, yo acostumbraba a robarle caramelos del ropero a mi abuelo, donde atesoraba las muestras del extranjero que conseguía para duplicarlas”, recuerda Arnoldo. A pesar de que quería ser abogado, la sangre tiró más y a los 17 años dejó los estudios universitarios para dedicarse de lleno a la empresa familiar.
“En los primeros años de industrial hice de todo: facturación, contabilidad, administración general; manejé camiones, entregaba mercadería, conocía íntimamente las máquinas, controlaba la producción y hasta me quemé las manos fabricando caramelos”, explica. Fue así que su figura creció entre los empleados, quienes lo respetaban por haberlo conocido trabajando a la par, pero su sueño no era dirigir la fábrica de su padre, sino transformarla y volverla líder en el rubro. El camino para conseguir ese objetivo tenía un único obstáculo: su padre, justamente.

Alejandro se oponía a todas las decisiones de su hijo e incluso lo desautorizaba en frente de todos. La oportunidad de cambiar llegó de manera inesperada: “Mi viejo sufrió un infarto que lo tuvo tres meses en la casa. Cuando volvió, no reconoció la fábrica. Me endeudé por primera vez, él me quería matar. Nunca supo ni quiso pedir dinero, le tenía miedo a las deudas. Me resultaba muy difícil negociar con él. Era claro que no había lugar para los dos en la empresa. Vi la oportunidad y me la jugué”, relata. Su plan era que la fabricación de golosinas Stani dejase de ser una tarea artesanal y pasara a la etapa de producción industrial. Y lo que “A. Stanislavsky Hnos y Compañía” necesitaba para dar el salto final era lograr un megaéxito. La clave estaba en los chicles.
EL ROLLS ROYCE DE LOS CHICLES
En el año 1954, Stani fabricaba unos chicles muy simples, goma de mascar azucarada con esencia de frutas y empaque manual. En esa época llegó al mercado americano un chicle hecho por Fleers llamado Double Bubble. “Era un chicle bien cortadito, rectangular, tipo terrón de azúcar pero con un sabor a medicamento que nunca podría gustar en la Argentina. Suerte que mandaron con ese sabor, porque si hubiese sido frutal… otra hubiese sido la suerte de Bazooka”. Los Bazooka que estaban en circulación eran los originales de Estados Unidos, que llegaban de contrabando. Desde que lo probó, Arnoldo supo que ése era el camino del éxito: “Para el que hacía un chicle básico como el de Stani, pensar en Bazooka era como soñar con fabricar un Rolls Royce siendo fabricante de bicicletas. Yo igual soñaba”.
Un día, miró en su paquete que el fabricante era una marca llamada Topps y comenzó a investigar. Consiguió el contacto del presidente de la compañía. Y así, con 27 años y sin saber una palabra de inglés, Arnoldo voló durante un día y medio en un DC4 para llegar de Buenos Aires a Nueva York.
En la Gran Manzana conoció a Joseph Shorin, presidente de Topps y la figura que marcaría su vida, de un modo mucho más profundo y positivo en comparación a su padre. Shorin había forjado un imperio desde sus bases pero no había perdido el gusto por los desafíos. Por eso recibió a un joven entusiasta de un país del que nunca había oído hablar y lo paseó por su fábrica. Arnoldo le prometió que llevaría a Bazooka hasta sus lejanas tierras. Sin embargo, en Buenos Aires las cosas no parecían tan fáciles. Alejandro estaba en contra de pagar regalías por un producto que podía ser copiado sin problemas. El heredero, en cambio, había comprendido que para cumplir su sueño debía aprender todo lo que pudiera de su nuevo padrino. Durante un año estudió inglés a escondidas y regresó a Nueva York, donde ultimó detalles para la firma del contrato que establecería el vínculo del gigante y los argentinos. No era una tarea fácil, ya que el único abogado que consiguió para asesorarlo desaconsejó por completo el acuerdo. “Este contrato es una locura. No vas a poder importar maquinarias, goma o esencias… no vas a llegar a fabricar la primera caja de Bazooka”, le dijo el Dr. Enrique Abramovich. No exageraba: el régimen importador impedía llevar goma base a la Argentina, ya que Chiclets Adams tenía la cuota completa del nomenclador aduanero, y el Instituto Nacional de Tecnología Industrial vedaba toda maquinaria norteamericana.
Sin embargo, Alejandro y Shorin firmaron el papel que estipulaba un piso de royalty de 10.000 dólares anuales, se produjera o no el chicle. Fue entonces que comenzó la odisea para poder llevar adelante lo que ese papel permitía. Tuvo que convencer al Banco Central para otorgar préstamos para maquinaria en condiciones únicas, pagaderas a diez años; se puso al frente de un equipo que creó una impresora que pudiera imprimir la marca de manera que cada logo cayera exactamente en el lugar que le correspondía en el envoltorio del chicle y logró el permiso para importar maquinaria.

Tras luchas contra viento y marea, en 1958 Bazooka llegó a la calle. El chicle terminó siendo superior que el original, con un blending de gomas que lo volvieron más suave y resistente, con un sabor pensado para el paladar argentino. En los kioscos se debió enfrentar a Plop, el líder indiscutido. Para eso aplicaron campañas de marketing que Arnoldo conoció en Estados Unidos, como regalar utensilios de cocina a los kiosqueros con cada caja, y una campaña de publicidad con personajes creados por Manuel García Ferrer.
Una década después de haber asumido como la cabeza del emporio, Arnoldo había conseguido resignificar la firma. “A. Stanislavsky Hnos y Compañía” ahora llevaba la A de Arnoldo y no de Alejandro. Bazooka se convirtió en la base del imperio Stani y, según sus propias palabras, en la golosina perfecta.
AUGE Y CAÍDA DE JOE
Además de su inconfundible logo, los chicles Bazooka son recordados por sus mini cómics, una original manera de atraer a los más chicos y diferenciarse de la competencia. Joe Bazooka, el niño rebelde con parche en el ojo derecho, apareció en 1954 en tiras ingenuas en las que lograba salir de situaciones complicadas con la fuerza que le daban los chicles. El éxito del personaje hizo que tuviera sus versiones propias en varios países. En la Argentina, las historietas se redibujaban para ser más locales y el escritor Rodolfo Fogwill fue durante años el encargado de escribir los horóscopos que acompañaban al cómic.
En noviembre de 2012, y tras casi seis décadas de vida, Topps dejó de publicar sus cómics ya que numerosos estudios de mercado le indicaron que los niños no estaban interesados en el personaje. Sus andanzas fueron reemplazadas por acertijos, juegos de ingenio y códigos QR para bajar aplicaciones a tablets. Pobre Joe, otra víctima del marketing.
PROBLEMAS LEGALES
Muchas cosas cambiaron en el país y en el mundo desde que Arnoldo Stanislavsky consiguió la licencia de Topps para fabricar el chicle Bazooka en la Argentina, en 1957. De hecho, Stani llegó a comercializar todas las marcas del gigante estadounidense acá, en Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay, con una regalía del 3%. Pero cuando el contrato venció en 1996, Topps se presentó a la Justicia de EE.UU. para reclamar que no fabriquen ningún tipo de golosina vinculada a los chicles, ya que los argentinos conocían “sus fórmulas secretas” y la tecnología involucrada. Más de una década de litigios después, el juez federal Charles S. Haight Jr. le dio la derecha a Stani –actualmente, propiedad de la británica Cadbury Schweppes– haciéndose eco del largo camino en común que recurrieron desde el contrato que firmó Stanislavsky con Shorin. “Este caso es una historia de dos compañías, antes amigas y colaboradoras, ahora enemigas y enfrentadas con tácticas de tierra arrasada; y de la goma de mascar”, escribió el letrado en su sentencia.

Por Tomás Balmaceda y Martín Auzmendi
Fotos: Santiago Ciuffo

viernes, 22 de mayo de 2015

TECNICA PARA RESTAURAR LA PIEDRA PARIS

La piedra París es un recubrimiento que antiguamente era elaborado por los maestros albañiles y, con el tiempo fue reemplazado por un revestimiento cementicio pre-elaborado en fábrica.
Con el transcurso de los años, los ciclos de humedecimiento y secado producidos por la lluvia y el sol eliminan por lavado algunos componentes provocando un calcinamiento o pérdida de cohesión.
Esto aumenta considerablemente su capacidad de absorción y retención de agua: así surgen hongos, vegetaciones y hay una mayor retención de los contaminantes del ambiente.
Además, aparecen fisuras y grietas, se pierden ornamentaciones y pueden caer partes de balcones por avance de la corrosión
de las fijaciones metálicas.
Al momento de reparar un revoque símil piedra puede existir la voluntad de mantener a la vista el acabado original, aun con
el riesgo de que la superficie no quede perfecta.
Por otro lado, está la opción de protegerlo mediante pinturas acrílicas elastoméricas o revestimientos que reproducen el acabado rústico original. Cualquiera sea la elección, el paso más importante es la descontaminación y limpieza de la superficie, para lo cual se debe tener en consideración la fragilidad actual del sustrato.
Hay que descartar la posibilidad de un arenado y limitar el uso de un hidro arenado o lavado a alta presión. Los sistemas de limpieza por vapor han demostrado la mayor eficacia por el grado de descontaminación obtenido y el bajo nivel de degradación que produce, así como el mínimo humedecimiento del sustrato. Concluida la tarea de limpieza, se debe optar por varios tratamientos de protección:
• Aplicación de una solución de siliconas en solventes mediante el sistema húmedo sobre húmedo. Esto no modificará estéticamente el acabado, pero impedirá que se moje y también el paso de la humedad que puede contener la pared. Es el tratamiento más apropiado desde un punto de vista conservador.
Sin embargo, no soluciona el problema de las fisuras que deberán ser reparadas con selladores elásticos, quedando así a la vista.
• Aplicación de pinturas acrílicas o revestimientos símil piedra, cementicios o emulsiones de poliuretanos al agua con contenido de cargas minerales que le otorgan una similitud con la textura original, disimulando las reparaciones de las fisuras. Se aconseja aplicar una mano previa de fijador al aguarrás para mejorar la dureza del sustrato.
• Pinturas de caucho acrílico al solvente: no poseen un gran poder de relleno ni necesitan fijadores. Permiten respirar
al sustrato.

http://arq.clarin.com/construccion/Tecnicas-restaurar-piedra-Paris_0_881312087.html

viernes, 14 de noviembre de 2014

CORTINAS EN UN PROYECTO DE ARQUITECTURA

 

Para llevar a cabo un correcto control solar dentro de nuestro proyecto, podemos apoyar nuestras decisiones arquitectónicas, espaciales y materiales a través de la aplicación decortinas o persianas, aprovechando una serie de opciones y variaciones que nos permitirán lograr un resultado más fino en la búsqueda del confort lumínico interior.

Persianas verticales, horizontales, enrollables, plisadas, entre otras, nos entregan la posibilidad de tamizar la luz, incorporar sombras e incluso lograr la oscuridad total en nuestros recintos. Revísalos con más detalle, a continuación.  

Cortina Enrollable Doble

Esta cortina se compone de una doble tela de franjas opacas y traslúcidas, que permite jugar con distintos niveles de translucidez y privacidad a medida que la cortina se abre o se cierra. El sistema de accionamiento es sencillo, a través de una cadenilla plástica o metálica, y existen diferentes tipos según el ancho de las franjas y su color. Más detallesaquí.

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Cortina Vertical

Compuesta por láminas de 89 mm, esta cortina se puede abrir, cerrar y girar para filtrar la luz de la manera más eficaz. Su accionamiento mediante cadenilla es suave, permitiendo accionar el giro de las láminas y así regular la luminosidad del ambiente. Las láminas son desmontables para su mantención y para facilitar la limpieza de la ventana. Más detallesaquí.

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Persiana de Madera

Las tradicionales persianas de madera natural con franjas horizontales de 50 mm y girador varilla de 900 mm, 1200 mm o 1500 mm. Disponibles en 7 colores diferentes. Más detalles aquí.

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Panel Oriental

Paneles de tela que cubren hasta 5.30 mts. de ancho y abarcan un área máxima de 15.9 m2. Pueden abrirse tanto lateralmente, hasta un ancho máximo de 4 mts, como recogerse hacia los lados. Además, incluye un conjunto comando de cordón de 3.5 mm que facilita su movimiento a través de un riel de cuatro vías que ocupa un mínimo espacio (74 mm), fuera de vano. Más detalles aquí.

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Cortina Plisada

Este tipo de cortina presenta una gran variedad de telas, texturas y colores para difuminar la luz solar entregando una suave tonalidad a los espacios, además de ocupar un mínimo espacio en las ventanas cuando están recogidas. Más detalles aquí.

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Cortinas Nantucket

Se compone de láminas de tela horizontales suspendidas entre dos velos traslúcidosque gradúan la entrada de la luz. El sistema permite girar las láminas transformando la intensa luz del día en un resplandor luminoso, bloqueando hasta un 99% de los rayos UV.Más detalles aquí.

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Visto en:http://www.plataformaarquitectura.cl/cl/757116/cortinas-y-persianas-dentro-del-proyecto-de-arquitectura?utm_source=feedburner&utm_medium=feed&utm_campaign=Feed%3A+PlataformaArquitectura+%28Plataforma+Arquitectura%29#_135970